Posillipo

30 gennaio 2013 § Lascia un commento

Imagen 27

Esperamos en la plaza octogonal Medaglie d’Oro a que Flavia y Maria superen la dura prueba del tráfico napolitano y vengan a recogernos para ir a cenar a un restaurante que ellas conocen. Me acomodo en el asiento del copiloto y aprendo a conducir por esa ciudad, aunque muchas de las maniobras, casi todas, me resultan viguesamente familiares. Por el camino se va haciendo de noche, pero no lo suficiente para no perder la mirada sobre los barrios que se asientan sobre los lomos de la montaña que camina hacia el mar y separa el golfo de Nápoles de los Campi Flegrei, los cráteres frondosos que rodean por el norte Nápoles y que albergan el mismísimo lago del Averno. Miro con extrañeza a lo lejos las chimeneas de una antigua siderurgia ahora abandonada y las gradas imponentes del estadio de San Paolo donde en un tiempo triunfó el emperador Maradona.

Al final de la avenida Alessandro Manzoni, sinuosa y plena de árboles, el coche toma una curva cerrada para descender hacia la costa. A partir de ese momento se acumulan imágenes de las mansiones que componen el barrio elegante de Posillipo, en pendiente sobre el mar. El atardecer ya demasiado oscurecido no impide reconocer en aquellas casas el esplendor de una ciudad extraordinaria. Acostumbrados al brillo de toda una semana napolitana, con el asombro como única guía de nuestros paseos, podría resultarnos ya habitual el despliegue. Sin embargo, el descenso hasta el restaurante se hace con una admiración permanente en los labios y en los ojos. Desde mi ventanilla, además veo la extensión incomparable de la lámina de agua del golfo, la silueta algo siniestra del Vesubio, las luces a lo lejos de Sorrento y cerca, los cabos artificiales, los salientes de la costa construidos en los siglos XV y XVI para cimentar en ellos los fastuosos palacios de los nobles que adornaron la ciudad.

Flavia aparca en plena curva, en lugar prohibido por las señales y el sentido común pero indicado por el portero del restaurante, con quien fraternizamos un rato mientras no dejamos de contemplar el horizonte espléndido que se divisa desde ese lugar. Entramos en el local, pero antes de entrar en el salón del restaurante nos dirigimos a la terraza. Allí el aire aún fresco de mayo -en mi recuerdo una brisa ligera templada con un olor a mar penetrante- mueve nuestra ropa y nuestros cabellos. Pedimos al camarero que nos haga una foto, pero yo no me perdonaré nunca no pedirle a Flavia que nos pronunciara, aunque fuese en voz baja, con esa entonación napolitana suya, algunos versos del Leopardi. Alguna vez lo haré, tal vez en octubre, eso si en ese Posillipo, quizá uno de los lugares más hermosos de esta tierra.

Tardes al dente

28 gennaio 2013 § Lascia un commento

Imagen 25Ignoro el significado profundo de la expresión al dente. Seguro que existe una definición específica, una descripción exhaustiva casi científica de lo que quiere decir. Hasta la wikipedia ensaya aproximaciones al concepto. Yo soy incapaz de explicarlo, pero, tras años de experiencia culinaria, puedo determinar con escaso margen de error el punto exacto en el que una pasta merece tal determinación. Hoy me pareció oportuno emplearla para los instantes de la vida en que uno halla cierto grado de plenitud personal. Estar al dente será mi propósito a partir de ahora, con esa primera morbidez que acaba en crocante. Aspiraciones vitales que tiene uno y que a veces consigue y que vienen, por fortuna, siempre de Italia.

 

Amata Italia

24 gennaio 2013 § Lascia un commento

ImageHay veces que la gente que conozco me pregunta por Italia. Esa pregunta me sobrecoge. No sé por dónde comenzar. Balbuceo algo, miro al infinito, deletreo las palabras y espero que aparezca algo en el horizonte que pueda satisfacer la pregunta. No viene algo: viene todo. En tropel, como a codazos, pidiendo ser cualquier cosa la elegida. Y entonces, en un pequeño lapsus de tiempo, tomo una palabra y tiro del hilo. Hoy tocó Toscana. Con ella apareció una barandilla de Montalcino desde la que se ven los depósitos de agua. Y luego las tierras de barbecho, con los distintos colores pardos de la tierra, luego los mercados de frutos del bosque y de funghi, la sobria y reducida despensa de las cocinas, con tomates oblonghi o rúcula e pecorino, pronunciado como pehorino, con hache aspirada. Y de ahí a los animales que se comen, los conejos, las aves del campo, algunos corderos, pocos, y alguna ternera del Val di Chiana. Luego recordé las strade bianche, el polvo blanco que acompaña el coche hasta que uno lo deja en el aeropuerto de Pisa para la vuelta y las carreteras sin pintar, los árboles al lado del camino, la hierba cortada hasta el asfalto, las superestradas estrechísimas por donde se circula (circulo) a más de 140 kilómetros hora, como en Monza, las pocas carreteras generales, sin apenas arcén, o con un arcén fortuito, casi aprovechado para hacer fotos de cipreses reunidos en círculo alrededor de una casa en un pequeño otero, edificada así para que en verano el viento, la brisa pueda calmar la agostada canícula. De la casa me vienen las paredes sin encalar, el perfume a lavanda seca o las voces de los grillos o las cigarras o los zumbidos de las zanzare, celoras de que el turista comparta esa naturaleza. En el recorrido resuenan los días de visita a los museos que no cuento, acabados con derrota o con el bálsamo de algún recreo en un patio de gladiolos donde uno de esos bellos italianos de libro sirve una cerveza fría al compás de una música tejana. Cuando uno lleva media hora hablando sin parar, advierte que el hilo no ha comenzado siquiera, que el tejido que compone eso que llamo Toscana resulta infinito dentro de otro aún inabarcable que se llama Italia. Y paro un rato, tomo aire y miro para el interlocutor que hace un rato se ha arrepentido de preguntarme. Uno, por la paliza intensa a que lo someto, y otro, porque está deseando estar en ese lugar que describo de inmediato: tal es el entusiasmo y la euforia que me crea hablar de ese país. Hoy, a modo de conclusión, pronuncié algo que nunca había dicho de palabra, pero que siempre llevo dentro. Amo a ese país más de lo que yo siquiera puedo imaginar. Lo amo tanto que soy incapaz de devolverle lo que él ha hecho por mí. Hablar de él es lo único que me alivia, y, a veces, como hoy, la nostalgia siempre dolorosa de estar lejos me hace ser paradójicamente más feliz que nunca. Los ojos humedecidos del interlocutor son mi mejor homenaje. 

OTOÑO EN ROMA

6 novembre 2012 § Lascia un commento

No sé por qué. Quizá el frío, el sol luminoso en lo alto. El azul del cielo, limpio. Las sombras definidas sobre los edificios. Pero hoy me acuerdo de san Cosimato, de la plaza de san Cosimato en noviembre de algún año de este siglo. Del comercio a la intemperie, de los ultramarinos y de las carnicerías y charcuterías de las calles adyacentes. Del gentío que cogía el número para ser atendido, mientras en el aire, gélido de aquella Roma de otoño que anuncia el invierno, se asomaba el olor del parmigiano reggiano o el de los embutidos de tamaños gigantescos que cubrían los mostradores. Me acuerdo de las calles adoquinadas de negro basalto, de los vendedores ambulantes, de los colores de las tiendas regentadas por las gentes del oriente que hacen suya las vías del Trastevere. Me acuerdo de que un día decidí que me iría a vivir a esa parte de la ciudad para ejercer en presencia mi ciudadanía romana. Me acuerdo, y ella insiste en la memoria, a pocos minutos del pranzo, de una loncha perfecta de porchetta sobre el papel parafinado de las grandes ocasiones. Y de un trozo de pan toscano, sin sal, que me agencié para cumplir con los ritos del otoño y apaciguar el salvaje sabor del romero. Me acuerdo hoy del mercado de san Cosimato, del Trastevere que amó Rafael Alberti, de Roma en otoño, de mi Roma, de este mi dulce otoño.

ROMA, VIA DEL BABUINO

17 settembre 2012 § Lascia un commento


O aquel portal en Roma- en vía del Babuino. JGdB

No tuve yo suerte con los portales romanos, aunque siempre se intenta. Siempre, salvo una vez en pleno invierno, visité Roma en verano. Y en agosto, cuando apenas camina nadie por vía del Babuino y los pocos que caminan por sus aceras (quizá dueños de las tiendas de ricas antigüedades o de sastrerías aristocráticas) llevan ese porte elegante, con blazer azul de lana de verano y pantalones blancos sobre camisa azul celeste, y tú arrastras unas zapatillas de deporte gastadas y unos pantalones impropios para aquel universo. Pararse a esas horas de la tarde y aliviar deseos en portales o bajo las palmeras de la piazza di Spagna se hace muy improbable. Pero vía del Babuino, vía del Babuino. Con la sed calmada en su fuente, una mañana de agosto. Ay, vía del Babuino. Escribe uno esas palabras, una tras otra, con esa secuencia, y ya camina uno por la vía del Babuino con el calor de Roma sobre el cuerpo, ese mejor amigo del hombre. Con Biedma o sin Biedma.

DESDE EL AIRE DE GRECIA

5 settembre 2012 § Lascia un commento

En el vuelo de vuelta de Grecia pude ver desde la ventanilla la costa oeste de Cerdeña: las dunas de Piscinas en primer término y las tierras de Carbonia, con las islas de san Carlo y de san Antíoco al fondo. Ahora cierran las minas también en Cerdeña, las de Sulcis, aprovechadas en pleno fascismo por el mismo Mussolini que bautizó estas tierras tras colonizarlas. En ese territorio, extraño por el abandono de las explotaciones mineras, ahora visitadas como turismo postindustrial, hubo en tiempos no muy lejanos fenómenos arraigados de bandolerismo. Cuando comentamos a nuestros huéspedes que habíamos recorrido aquellas montañas del suroeste, nos manifestaron con cierto asombro que ellos no pasaban nunca por ahí. No logré saber si se reían de nosotros, pero sí reconozco en aquellos paisajes áridos, hostiles, con un horizonte de mar casi traslúcido, la misma sensación que pude vivir este verano en Grecia: esa naturaleza sustancial del mediterráneo, compuesta de una tierra de piedra y polvo, apenas retocada por matorrales o espinos calcinados; un sol inclemente, colocado en el cenit de todas las cosas; y, sobre todo, un mar benéfico, siempre cálido, acogedor, definitivo lecho de las horas, donde el cuerpo tiende a extenderse para recibir la vida o aquello que uno tiene por vida mientras cierra los ojos y el oleaje va meciendo la piel hasta la inacción absoluta del placer.

SESTIER DE CANAREGIO

23 agosto 2012 § Lascia un commento

En el mes de agosto Venezia puede ser el paraíso. El resto del año también lo es, pero en agosto los turistas efímeros construyen una pantalla maravillosa. Por inercia, todos se apuntan al río humano que comunica santa Luzia y san Marco y dejan, más que en otras fechas, el resto para ser visitado con tranquilidad. Algunos dirán que con mortal tranquilidad, ya que no queda nadie en Venezia, pero yo sé bien que no es así. Y no voy a contar por qué. Lo cierto es que si uno camina por el borde de estas islas apretadas, unidas por falsos puentes, se encuentra con las familias que deciden pasar el verano mirando el color turbio y plomizo de la laguna. Reposan las mujeres bajo los árboles, juegan los muchachos al balón contra las paredes de la Madonna dell’Orto, cortejan las parejas en barcas iluminadas de azul tungsteno por la Fondamenta della Sensa. En alguna taberna del sestiere del Canaregio, la vida transcurre sin prisas, con alguna copa de vino de la casa entre las manos: el agua que choca contra las piedras ni siquiera siente la imprudencia de marcarnos las horas.